Colegio "Amor de Dios" - Salamanca

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Historia

P. Jerónimo Usera

 

Los calendarios marcaban el comienzo del siglo XIX, hace más de unos ciento cincuenta años. En España estaba ocurriendo la guerra de Independencia. En Madrid la gente noble y pudiente celebraba fiestas mientras los pobres pasaban hambre y vivían en la miseria.

En este Madrid, en una de sus calles céntricas y típicas, se encontraba la casa de los Usera, donde nació Jerónimo Mariano Usera y Alarcón.

Todo ocurrió muy deprisa. Su padre se encontraba fuera de casa, y cuando llegó se encontró con la sorpresa de que habían nacido dos: un niño y una niña, mellizos. Sus nombres fueron Mariano y María respectivamente.

Mariano sería toda su vida fiel a Jesucristo. Jesucristo grabó en su corazón el Amor y solamente más tarde, Mariano se dará cuenta de que este amor es como un fuego que no se puede apagar.

El Padre Jerónimo Usera contaba con quince hermanos y hermanas. Él ocupaba el sexto lugar. Su casa parecía una fiesta, siempre llena de risas y canciones, menos a la hora de hacer tareas escolares. Su madre, llamada doña Bernarda procedía de un pueblo de Cuenca y su padre Don Marcelo procedía de una familia de Francia, ambos se ocupaban de los cuidados y educación de sus dieciséis hijos. También se encargaban de fomentar en su hogar la vida cristiana.

El Padre Jerónimo, también llamado Mariano, aprendió en la escuela de su familia las enseñanzas básicas que construyeron su personalidad: respeto, claridad de ideas, trabajo, fidelidad, y sobre todo amor. Le envolvía una tradición de cultura cristiana profunda, que él continuó durante toda su vida. Para él la infancia es como un tiempo importante para la vida de las personas.

Jerónimo fomenta todo lo que ayuda a vivir, ser generosos...

La mayor alegría de Mariano era tener muchos amigos. Era una persona pacífica por lo que no tenía ningún problema con sus compañeros.

Mariano iba creciendo. Durante su adolescencia, visitó grandes ciudades fuera de España, entre ellas están: Génova, Florencia, Milán, Venecia, Roma. Todas estas visitas fueron realizadas en compañía de su padre, que para él era el hombre más sabio del mundo.

Después de regresar del viaje, un día Mariano le confesó a su padre que ese viaje había servido para que Dios le llamara para hacer el bien en la tierra. Quería ser fraile

Mariano se marcha al convento con catorce años de edad. Sus padres cristianos, con todas las consecuencias, no se oponen a la vocación de su hijo, Mariano marcha por su propia decisión.

Eligió a los monjes cistercienses, en un pueblo de Galicia llamado Osera. Lo primero que le llamó la atención fue que un monje dijera: “ NOS HA REUNIDO AQUÍ EL AMOR DE CRISTO”.

¡El amor de Cristo!, está es la clave que hará de Mariano el BUEN AMIGO.

Decidió ingresar en los trapenses, quienes llevaban una vida muy austera y era muy difícil de soportarla. Para él era algo nuevo, ya que dormían lo necesario para vivir y ese tiempo era interrumpido a media noche para cantar alabanzas al Señor.

Tenía el día dividido en tres partes: una para trabajar el campo, otra parte del día la dedicaban a la lectura y al estudio serio de ciencias y artes. Las mejores horas de la jornada las dedicaban a lo que llamaban “la obra de Dios”, es decir, a cantar en el coro.. Poco a poco se integró plenamente en esta vida que le fue arrebatada de forma injusta en el momento más prometedor, cuando él contaba con veintisiete años.

Mariano pasaba muchas horas hablando con su amigo Jesucristo. Pensaba lo grande que tiene que ser el amor que nos tiene nuestro Padre Dios. Cuando éste pensaba en estas cosas, sentía que le crecía dentro el amor a su amigo.

La conducta de Mariano era excelente no tuvo ningún problema con ninguno de sus compañeros; aunque en alguna ocasión éstos le hicieron algunas faenas siempre sabía perdonar.

Fray Jerónimo es un monje formal, de buen carácter y muy sereno. En el monasterio le han encomendado distintos oficios, los cumple con responsabilidad y aún encuentra tiempo para sus cosas.

Los años pasaban. El joven monje cada día destacaba más por su talento: Lógica, Filosofía, Griego. Latín.....Todo esto le había costado muchísimas horas. Sus exámenes eran de sobresaliente, pero cuanto más sabía menos importancia se daba.

Mariano Usera y Alarcón fue ordenado como sacerdote. Siendo sacerdote su campo para hacer el bien se ampliaba y más publicando ahora la PALABRA DE DIOS. Podía celebrar la Eucaristía y perdonar los pecados. El día de su primera misa la alegría era inmensa.

Fray Jerónimo fue destinado al monasterio de San Martín de Castañeda, en Sanabria, región zamorana. Fue nombrado predicador y en poco tiempo conoció todos los pueblos de la comarca.

No tenía tiempo de aburrirse. Su vida estaba dedicada a las obligaciones del monasterio.

Fray Jerónimo era un hombre de corazón grande que decidió vivir siempre como monje a pesar de que se tuviera que marchar del monasterio, pero lo que tenía claro era que donde fuese siempre haría bien. En una localidad zamorana, Toro, donde había un convento de las Mercedarias, allí dejó todas sus pertenencias ya que el convento era pobre.

Jerónimo se convirtió en el gran pedagogo, profesor de griego y hebreo en la universidad de Madrid. No hacía distinciones entre sus alumnos los cuales eran de varias razas, de Guinea, de Cuba, a quienes daba clases totalmente gratuitas.

Jerónimo se alistó en la Sociedad Matritense de Amigos del país.

Usera fundó una congregación dedicada totalmente a la labor de enseñar. De don Jerónimo se hablaba como uno de los grandes, entre los primeros pedagogos de aquellas tierras y se cuenta lo mucho que hizo por sus habitantes.

La reina Isabel II le nombró capellán real. Jerónimo era incansable. Amaba tanto a Dios que todo le parecía poco para conseguir que otros también le amasen. La patria le parecía pequeña para hablar de Dios todo le parecía pequeño para predicar e ir haciendo el bien. Buscando sólo el bien de los pobres y sencillos, pidió y obtuvo por parte de la reina el ser enviado a Guinea. Esto fue una gran alegría para él.

Fray Jerónimo sabía que ser misionero era ser el enviado de Jesucristo para predicar la paz, para extender la caridad y llevar felicidad a los hombres. Se embarcó en la corbeta de guerra “Venus”. Entre la tripulación iba otro joven misionero y sus dos aguerridos sargentos. Muchas fueron las peripecias de este viaje y a punto estuvieron de no llegar. Unos meses de navegación y llegaron a las costas africana, era el día de Nochebuena. El día de Navidad tuvieron la alegría de llegar al puerto.

Era el primer misionero católico que llegaba a Guinea. Se alojó en una casa que era un cuadrilátero divido en cuatro departamentos que anteriormente había servido como cobijo para animales.

Jerónimo no encontraba ninguna dificultad y pronto comenzó a buscar el medio para empezar a hacer el bien. Recorrió las islas para conocerlas a fondo y para ir conociendo a sus habitantes. Jerónimo no tardó mucho en hacerse amigo de los habitantes. Trabajó cuanto pudo para sacarlos de la situación en la que se encontraban, incluso denunció esta situación a la reina de España y habló con los ingleses.

Jerónimo Usera y Alarcón cayó enfermo debido a las malas condiciones en las que se encontraba en la isla además de la pena que sentía por todas las personas que vivían allí. Debido a que los dolores y su estado había empeorado notablemente, casi al borde de la muerte, regresó a España tras ochenta y tres días de penoso viaje. Llegó en un estado lamentable. Doña Bernarda, su madre, y sus hermanas, le cuidaron. Los cariños de su madre, hicieron que en poco tiempo Jerónimo terminara de recuperarse en Uceda, pueblo de la provincia de Guadalajara, donde antes había sido cura párroco. Cuando se sintió recuperado regresó a Madrid.

Después de lo ocurrido Jerónimo se marchó a como misionero a Cuba. Aquí realizó el mismo trabajo que había realizado en Guinea. Las preferencias del buen amigo eran precisamente los más desheredados de la fortuna. Los más pequeños eran los mejores amigos de Jerónimo en la isla. Los veía tan necesitados de enseñanza y formación, además de ser niños abandonados. Solo pensaba en buscar una solución al problema.

En época, en España nació en el palacio Real, el Príncipe de Asturias. Esto fue celebrado por Jerónimo en Puerto Rico. Para celebrar esta fiesta, se propuso fundar una asociación para que los niños pobres fueran atendidos. Se fundó la escuela y unos sesenta niños y niñas sin distinción de razas recibieron una enseñanza, educación religiosa, alimento, vestido, incluso, los más necesitados se quedaban internos. Todo esto llenaba de alegría a Jerónimo pero no del todo ya que en ocasiones la escuela era pospuesta.

Jerónimo era fiel a su idea de no tolerar el mal, pero compresivo con quienes lo practicaban, trataba de ayudar, ya que estaba seguro de que en todos los corazones de todos los hombres se encuentra Dios.

Era 1859, un barco pirata se dedicaba a la trata de negros, de unos 900 cautivos. Cuando fueron declarados libres, todos ellos enfermos de males contagiosos fueron cuidados por Jerónimo.

También Jerónimo se dedicaba a visitar la cárcel para darles un poco de cariño y de amistad a los más necesitados. Charlaba con ellos, les ayudaba, e incluso algunos se confesaban. El poder darles el perdón era una alegría inmensa para el padre Usera.

Debido a que ni en Cuba ni en Puerto Rico no encontraba maestras preparadas para la educación de niños y jóvenes, se marchó a España en busca de maestras. Pero nadie quiere aceptar. Pero encontró jóvenes valientes que eran capaces de enamorarse de Dios y hasta de morir por él. Eran doce, como los doce apóstoles de Cristo.

Una vez preparado todo reunió a las religiosas unidas bajo el lema: “LA CARIDAD DE CRISTO NOS HACE CORRER”. Jerónimo tenía ya su congregación de religiosas dedicadas a la educación. El escudo contaba con el lema: “EL AMOR DE DIOS HACE SABIOS Y SANTOS”, y este es el lema que tiene hoy el escudo del Amor de Dios.

Todas estas religiosas estaban dispuestas a trabajar con ardor e interés por la educación de la juventud, para las niñas serían madres cariñosas, maestras instruidas y amigas alegres.

Al poco tiempo de llevar el primer grupo a Cuba, las fiebres amarillas acabaron con más la mitad. El resto dio prueba de su valentía siguiendo adelante y poniendo colegios por toda la isla.

Jerónimo seguía escribiendo cartas, eran cartas muy duras, de protesta contra la injusticia. Una de sus cartas eran para el emperador Napoleón III, era una carta dura. Jerónimo comparaba la verdad con el Sol, que no es propiedad de nadie, sino que pertenece a todos y para todos produce luz y vida.

El tiempo pasaba y los años le iban pesando poco a poco a Jerónimo, pero, su corazón y su cabeza continuaban jóvenes y con ganas de trabajar hasta el final.

Creó una tipografía donde grupos de muchachas trabajaban con entusiasmo. A Jerónimo no le pasaba inadvertida la sensibilidad y la delicadeza femenina. Nunca hizo discriminación entre mujeres y hombres. La mujer, según él, era la pieza más importante en el buen funcionamiento de la sociedad.

El trabajo de tipógrafas es sucio. Jerónimo sabe que el trabajo debe estar en armonía con la virtud, y, ni una ni otra están reñidas con el buen gusto y sencilla elegancia.

Sus fuerzas iban decayendo y una enfermedad imprevista le obligó a quedarse en cama. Por último le dio tiempo de escribir el reglamento por el que debía regirse la Academia de Tipógrafas. Al terminar de escribirlo, cuando con ochenta y un años de edad, este gran amigo dejó la tierra para irse definitivamente con el PADRE DIOS. Pero dejó el recuerdo de amistad y también dejó una obra que aún sigue existiendo: la Congregación de RELIGIOSAS DEL AMOR DE DIOS, que intenta realizar la misión encomendada por él: la educación donde sea necesaria. Y esto por amor y sólo por amor.

 

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